Mediados del mes de agosto y la ciudad está prácticamente desierta. Cuesta encontrar un lugar dónde tomar un café en según que zonas normalmente muy habitadas y con mucho trajín. Por las calles algunas personas mayores caminando en los pocos metros de sombra que quedan. El resto, si acaso, trabajando o de vacaciones.
Buscaba dónde tomar un café y me he acercado a La Madriguera de Mai que sospechaba seguiría luchando por afianzarse. Y así es. Ahí están ellas. Una madre y una hija que este invierno se hicieron cargo del bar y decidieron lucharlo. Está en una calle semi peatonal del centro de Sevilla y no hay espacio para poner mesas fuera pero sus puertas siempre están abiertas de par en par. La madre se entrega a sus dotes culinarias en la cocina parcialmente abierta y comunicada con la barra para estar en contacto directo con su hija que sirve a los comensales. La madre tiene cara de ser una buenísima persona, trabajadora y disciplinada. Siempre tiene una sonrisa en los labios pero también se puede leer en su rostro la lucha por subsistir. La procesión va por dentro. Su hija es muy amorosa con todos y destila buen humor por doquier. Sus rastas y sus tatuajes disimulados entreven a una persona inquieta, rebelde también y con un gran corazón. Está mano a mano con su madre en esta etapa de sus vidas.  

Me decía la hija esta mañana que sólo han tenido cuatro días de vacaciones y esperan con ilusión la nueva temporada. Probablemente todavía no hayan recuperado lo invertido tan siquiera. Poco a pocos nos vamos conociendo porque yo paso casi cada día por delante y he visto cómo desde la puerta invitaba a los transeúntes a desayunos estrella con el zumo de naranja gratis a precios muy económicos. Lo importante, me comentaba este invierno, es “que poco a poco nos vayan conociendo”. Se nota que no es del barrio porque tenía curiosidad por saber dónde desayuna la gente de la zona normalmente. Pero poco a poco van haciendo camino y este mes hay noches que han programado conciertos de flamenco para dinamizar el local. De momento, inversión tras inversión. 

Mientras tomaba el café, ha llegado la abuela de la joven camarera preguntando por cómo se encontraba su madre. Es cierto que esta mañana no está por aquí pero pensaba que tal vez entraba más tarde. Al parecer lleva días con la resaca de un cólico que le provocó un desmayo mientras estaba en el bar pero está de camino al bar, se escucha decir a la abuela que está hablando con ella por teléfono. Al poco, llega para desayunar una señora con uniforme que debe trabajar ayudando en algún hogar cercano. Está feliz porque el bar está abierto tras los cuatro días de vacaciones. Ya se conocen, de nuevo se transmite complicidad y cariño entre estas dos mujeres aunque sólo se conozcan del bar. Y cuando la señora le pregunta a la joven tras la barra que cómo está, ella le responde con una sonrisa que acompaña su sincera respuesta: “Tirando más o menos”. Pero enseguida remonta y continúa: “Necesito más vacaciones” y sonríe intentando disimular su preocupación por la salud de su madre. Las dos , madre e hija, se necesitan mutuamente. Un pilar sostiene al otro y viceversa.
Se respira cariño y esfuerzo por todas partes en este bar. Apetece apoyar su proyecto y dejarse allí los euros de un desayuno porque siento que contribuyo a una apuesta familiar por la vida y por seguir adelante. En esa familia, se intuye que no ha sido una vida fácil pero sí que siempre han logrado salir adelante gracias a la unión entre esta madre y esta hija que van a una. Los días de verano continúan, cada cual con su vida.

Tags: , , ,