Dolores, la curandera del alma.

 

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Un pueblo desconocido, en una calle silenciosa sin comercios, sólo viviendas y de vez en cuando algún vecino que entra y sale de una misma puerta. También hay quien no pasa del umbral y se queda fumando mirando hacia la nada desde ese portal. Era el que buscaba.  A la entrada, una sala inmensa que sólo ilumina la luz que entra de la calle y muchas sillas con el respaldo tocando la pared en forma de círculo. En las paredes, imágenes de santos que cubren las espaldas de las tres personas mayores allí sentadas. Nada indica dónde me encuentro pero sospecho que es aquí. Pregunto si están esperando para ver a Dolores, la curandera. Todos asienten con la cabeza, un señor me dice: “Yo soy el último, hay otra persona dentro ahora mismo”.

Era la primera vez que iba a una curandera y no me imaginaba que hubiera cola. Toca esperar, silencio absoluto en la penumbra. Espero. Al rato, se abre la puerta y sale una señora. No veo a la curandera pero sí se escucha una voz dulce que le pide al siguiente que entre. Un señor se levanta y cierra la puerta tras de sí. Sólo queda otro señor más y ya será mi turno. Entretanto, van llegando más personas. Ahora somos cuatro esperando. Cada uno en un extremo, como si no nos quisiéramos ver las caras. Cada uno ensimismado en su mundo. No parece que sea la primera vez para estas personas, no preguntan, llegan, se sientan y esperan, como habrán hecho en muchas otras ocasiones.

Yo reconozco que soy incrédula. Pero siento curiosidad por conocer a Dolores. Me la ha recomendado un cirujano que ya ha dejado los quirófanos y tiene una clínica privada. Su hijo sufre del Síndrome de Crown y, me cuenta, que esta curandera es la única que ha conseguido mitigarle los dolores gracias a hierbas y brebajes de todo tipo. Habla maravillas de Dolores, la curandera. Yo estoy muy preocupada por la salud de una persona y decido hacerle una visita. “No pierdes nada porque todo lo que receta es natural y la visita sólo cuesta 10 euros”, me insiste el cirujano.

Y aquí estoy, esperando mi turno. Finalmente, me toca. Entro en un cuarto lleno de velas, con una imagen en la pared y un ambiente muy cálido. En el otro extremo, hay dos sillas: una enfrente de la otra. Ella es una señora con bata blanca que rondará los 60 años tal vez, con el pelo corto, cara amable y una voz dulce. Me invita a sentarme y a contarle el motivo de mi visita. Está muy cerca físicamente y me mira a los ojos con interés. En algún momento me coge las manos y me pide silencio. Es como si quisiera que le transmitiera sentimientos más que palabras o explicaciones. Son momentos intensos. Silencio.

Me hace algunas preguntas, parece que tome nota en un pedazo de papel con el lápiz que se saca del bolsillo de la bata. Me dice que la dieta es importante, me recomienda unos alimentos y me desaconseja otros. Luego me da otro papel blanco y el lápiz y me pide que apunte las hierbas que esta persona enferma debería tomar. Son nombres raros algunos y no sé cómo se escriben, le digo que por favor me lo anote ella y me dice que no, que en el herbolario ya sabrán lo que es. Me confiesa que ella no sabe escribir bien. Y me cuenta cómo descubrió que ella tenía ese don de curar cuando era niña. Me relata una historia que parece sacada de un cuento, cómo siendo niña le dijo a un vecino lo que pasaba y cómo debía curarse y acertó. Su abuela también era curandera, al parecer.

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Le doy las gracias, le pago los 10 euros que se guarda en el otro bolsillo de la bata y me desea suerte. Salgo con la ilusión de que esos remedios pueden funcionar, al final se trata de tener en cuenta ciertos alimentos y de tomarse unas hierbas que voy a buscar inmediatamente. No sé si funcionan pero entiendo que Dolores, la curandera, tenga su público. Escucha con atención, te mira a los ojos, se convierte en cómplice de lo que te pasa por unos instantes y quieres creer en sus remedios, sobre todo cuando parece que los convencionales no funcionan.  Para muchos es también la curandera del alma.

 

 

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