Ayer estaba en la playa y a pocos metros de mi toalla se vivía una realidad muy distinta a la mía. Tres mujeres de diferentes generaciones estaban sentadas con sus hamacas y sus sombrillas charlando y tomando café. Hasta ahí, todo normal. Pero en poco tiempo estas mujeres se convirtieron en lugar de encuentro y de avituallamiento. Llegaban vendedores africanos con sus pulseras, collares, gafas o telas que caminan la playa de punta a punta para ganar unos euros en estos días de verano. Se notaba que no era la primera vez que se veían, al contrario. Muchos se abrazaban a ellas con cariño y durante un rato aprovechaban para descansar y reponer energías. Las mujeres iban cargadas con neveras llenas de termos de café, galletas y bocadillos que iban repartiendo a los transeúntes amigos. Algunos se estiraban en la arena para desconectar unos instantes, otros charlaban entre ellos o vendían algunas pulseras a las tres mosqueteras de la playa.
Al final de la tarde, cuando estábamos plegando velas me acerqué a ellas para preguntarles si formaban parte de alguna ONG o de algún proyecto concreto. Me contaron su historia. Son dos hermanas y una amiga que un día estaban en la playa ofrecieron café a uno de los vendedores ambulantes. Pasaron un buen rato charlando y así se fueron encontrando cada domingo. Cada vez, llevaban más café y añadieron comida para repartir porque estos chicos lo aceptaban con agrado. La mujer de más edad, la hermana mayor, me cuenta que : “Uno se lo cuenta al otro y así, cada domingo venían más y más a saludarnos. Y ya han pasado ocho años. Me llaman Mamá África. Nosotros les compramos algo y les ofrecemos lo que tenemos. Hoy ha venido un chico nuevo que se ha comido cinco bocadillos seguidos. Le queríamos dar alguno para la cena pero no le daba tiempo porque los devoraba. Al parecer llevaba ya casi cuatro días sin comer nada”. Cuando le pregunto si forman parte de alguna asociación, me responde que no, que ella trabaja en una peluquería en un pueblo a 70 kilómetros de aquí, dónde vive, y que a sus clientas les pide “esos euros que sobran para el cochino. Ha habido veces que hemos tenido hasta 60 euros para comprarles pulseras o lo que lleven y luego lo vamos regalando pero otras no llegamos a los 15 euros. Les damos lo que podemos y tenemos y cuando no hay más, pues no hay más y ellos lo saben. Bueno haya algunos que se creen que somos ricas pero se lo explicamos. Somos trabajadoras, yo en la peluquería, ella en el hospital y ella cuidando ancianos”, me aclara.

Mientras conversamos, hay un chico de Senegal que escucha atentamente nuestra conversación y me mira con intriga y cierta desconfianza al principio. Pero al final se anima y añade que “son muy buenas, nos dan cariño y nos escuchan. Tienen un buen corazón. Ellas son nuestra familia aquí.” Mamá África ya le ha puesto nombre a este joven de cara alegre. “Le llamo Papichuli y en estos años hemos logrado hacerle los papeles. Está feliz porque el mes que viene se va a ver a su familia tras 12 años sin verlos, ahora ya puede volver”, comenta esta mujer de ojos dicharacheros mientras Papichuli parece que sonría con los ojos. Luego añade el joven ” aquí me llaman Pepe muchos pero en realidad me llamo Mouhammed”. “Sí, pero sois muchos Mouhammed y Mouhaseco”, ríe Mamá África. No le falta sentido del humor ni de la realidad tampoco. No falta a su cita de los domingos de verano con estos chicos a los que les ha cogido cariño y ayuda en lo que puede. Muchos tienen su teléfono y cuando se acaba la temporada de estío le llaman para pedirle consejo porque Mamá África les escucha y acompaña en lo que esté en su mano.

Estas tres mujeres no han ido a África todavía pero la hermana pequeña de Mamá África reconoce que le encantaría. Y que la próxima vez se va con él a Senegal. Le pregunto a Mohammed de dónde y me contesta que de Port Louis. En ese momento, ve viene a la memoria mi visita a Port Louis para hablar con las “Viudas de los cayucos”, una asociación de mujeres, madres, hermanas e hijas que han perdido a algún familiar en el mar. Las entrevisté para el libro que escribí hace unos años: ‘Voces Silenciadas‘.Allí viví en primera persona cómo un grupo de chicos y chicas se estaba organizando para salir en un cayuco rumbo a España y el trabajo de concienciación que hacía un joven que ya había sobrevivido en tres ocasiones a la travesía del horror. Me contaba este chico que ya no lo quería intentar más  porque tuvo que sufrir cómo su hermano moría en sus brazos durante ese infierno. Desde entonces, decidió contar a sus vecinos y amigos su experiencia para evitar que se repitieran las tragedias. Tenía claro que no valía la pena subirse a esos cayucos de rumbo incierto. Y las mujeres que se quedan, mayores la mayoría, intentan crear una pequeña industria artesanal que ofrezca oportunidades a los jóvenes para que no partan. Pero esta es otra historia que merece un capítulo aparte.

Volvamos a la playa de Huelva dónde se viven eso pequeños gestos que dan sentido a la vida. Mamá África y sus amigas hacen mucho con poco. Felicidades a las tres por vuestra gran labor, solidaridad a flor de piel.

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